84. Su lado travieso y descarado
El frío de la noche se volvió intenso y Abel instó a Alys a volver a la casa.
—Está helando aquí afuera, bebé, será mejor si entramos —sugirió Abel acomodándole el chal en los hombros.
—De acuerdo, querido —Alys, aceptó con un asentimiento de cabeza.
—No hemos tenido tiempo de estar solos, esposa mía, te voy a mostrar un lugar especial, es muy acogedor —el hombre la tomó de la mano y ese contacto la reconfortó, pues disipó el frío de su cuerpo y el temor en el corazón.
La guío por una zona apar