83. Sospechas e intrigas egoístas.
El zumbido del teléfono vibró en la penumbra. Y el hombre, oculto entre las sombras de los arbustos, metió la mano en el bolsillo del pantalón con temor de ser descubierto. Sacó el aparato despacio, la pantalla iluminó su rostro ansioso por verificar el identificador de llamadas. Al ver de quién se trataba, se alejó con cautela hacia una zona más apartada antes de presionar el botón de contestar.
—¡Hola! —la voz le salió baja, en un susurro titubeante.
—¿Cómo va lo del encargo? —preguntó una