Mundo ficciónIniciar sesiónNadaron en la cala, donde el agua era poco profunda y lo suficientemente cálida para disfrutar. Una vez, se quedaron en la pequeña cabina de un velero, riéndose del tiempo y comiendo sándwiches de ensalada de huevo y papas fritas con salsa barbacoa que ella había traído. Años después, él no podía comer papas fritas con salsa barbacoa sin pensar en aquel día, sin pensar en ella.
Pasaban mucho tiempo juntos. Hablaban de todo. De la escuela. De poesía. De la música y las películas que les encantaban. Hablaban de la vida, la muerte y los sueños.
Un día fueron a su lugar favorito de la infancia. El lugar donde ella lo había visto llorar. El lugar que se había convertido en su rincón favorito. Se quedaron allí hasta tarde, y cuando decidieron regresar, de camino la acorraló contra un árbol e hizo lo único que había querido hacer desde que la volvió a ver en aquella playa.
La acorraló contra un árbol y la besó apasionadamente. Ella jadeó cuando lo hizo. Pero entonces sus brazos rodearon su cuello y lo atrajeron hacia sí. Ella le devolvió el beso con la misma intensidad.
Luego él le desabrochó el sujetador y la acarició.
Fue increíble.
Cuando se trataba de mujeres, Jensen nunca había sido de los que huyen. Le gustaban las mujeres. De hecho, las adoraba y no tenía la menor vergüenza al respecto.
Le encantaba la sedosidad del cabello de una mujer entre sus dedos. La suavidad de su piel contra sus labios durante un beso profundo y apasionado. El roce de sus uñas en su espalda mientras él se adentraba profundamente en su cuerpo. El dulce y suave susurro de su voz mientras suplicaba por más.
Sí... Le encantaban las mujeres. Con toda la intensidad y frecuencia posible. Y ellas lo amaban a él.
Nunca se involucraba en relaciones serias. Prefería vivir el momento. Amaba su libertad, así que nunca le ponía nombre a ninguna de sus relaciones.
No estaba listo para algo serio y no quería lastimar a Katherine. Pero apenas podía controlarse a su alrededor. Bastaba con tocarla para que ambos ardieran. Cuando estaba con ella, nada parecía importarle. No le importaba que fuera la hermana de su mejor amigo. No le importaba ser cuatro años mayor que ella.
No le importaba porque, cuando besaba a Katherine Kavell, nada más en ese maldito mundo retorcido importaba.
Aquel mes aprendió el verdadero significado de desear a una mujer. Aprendió el lado oscuro del sexo. La culpa y el deseo prohibidos. Se quedaba despierto por las noches tan profundamente solo de pensar en ella que no podía dormir.
Y cuando ella lo miraba de esa manera, con esos grandes y hermosos ojos, como si él tuviera las respuestas a todas las preguntas del mundo, se sentía real y vivo, como si pudiera enfrentarse al mundo entero solo por ella.
Aquellos habían sido momentos especiales, momentos en los que la había tomado en sus brazos y la había besado hasta que el mundo se desvaneció. ¡Cuánto la había deseado! Su necesidad se había convertido en desesperación, una droga que brevemente lo había seducido haciéndole creer que la magia y los milagros podían existir.
Una noche, en su lugar favorito, se besaron de nuevo; fue uno de esos besos intensos e inolvidables. Katherine había querido ir hasta el final. Él también. Tanto que le dolía. Pero sabía lo que ella quería. Quería algo estable, y él no estaba seguro de poder dárselo. No se sentía preparado para un compromiso tan grande. Y sabía lo que significaba para ella entregarse a él. Katherine se creía enamorada de él. Quería un final feliz, y para él no había nada de eso. La quería y no quería lastimarla. No podía soportar hacerle eso. Así que se marchó.
La recordaba allí de pie, con su largo cabello oscuro cayéndole sobre los hombros, su cuerpo desnudo brillando a la luz de la luna. Sus sentidos se agudizaron entonces y se deleitó con su visión, desde el leve movimiento de su cabello hasta la piel de gallina que le recorría los brazos, pasando por la firmeza de sus pezones rosados y maduros.
Había percibido el aroma a vainilla y azúcar de su perfume. Había saboreado la sorpresa en su propia lengua y sentido la intensa excitación en su entrepierna. Aquella noche, le costó un gran esfuerzo no ceder a la irresistible tentación de acortar la distancia que los separaba y besarla con todas sus fuerzas.
Lo había deseado.
Demonios... La había deseado. Tanto que le dolía.
Pero había visto su corazón en sus ojos y sabía que tomarla allí mismo significaría tomar mucho más que su dulce y delicioso cuerpo.
Esa fue la última vez que la vio desnuda. Fue la última vez que estuvieron juntos, a solas, como solían hacerlo.
Ella regresó a la universidad y durante un tiempo él intentó contactarla, pero ella no quería saber nada de él y nunca contestaba sus llamadas ni sus mensajes.
Entonces dejó de intentarlo. Tuvo que aceptar que ella ya no lo quería en su vida y decidió respetar su decisión. La siguiente vez que la vio, ella tenía veintitrés años y salía con un chico llamado Mitch.
Le cayó mal en cuanto lo conoció. De hecho, lo odiaba. No tenía ni idea de por qué. Simplemente lo odiaba. La sola idea de que estuviera con otro lo enfurecía.
Sabía que no tenía derecho a sentirse así. Había tenido su oportunidad y la había dejado escapar. Además, en ese momento salía con una chica llamada Erica. Y se había esforzado mucho por disimular, pero sí le importaba.







