Katherine no se movió. No podía. Se sentía congelada. La leve sensación de desorientación que había sentido al despertar parecía paralizarle la capacidad de hablar. Por alguna razón, sentía que necesitaba tiempo para recomponerse.
Después de haber hecho el ridículo la última vez que hablaron, había asumido que la próxima vez sería en sus términos, no en los de él.
"Maldita sea, Kat", lo oyó maldecir. "Kat, sé que estás ahí dentro. Tu madre tuvo la amabilidad de decirme que estarías en casa hoy".