Es como si David se hubiera congelado.
Está completamente inmóvil, mirándome fijamente, sin que ni un solo centímetro de su cuerpo se mueva, excepto su pecho, que apenas se nota. Lucho por tragar la náusea que ha vuelto a subir a mi garganta, como un nudo duro de traición que no quiere irse.
Sigo apoyada contra la puerta, sosteniéndome para no caer, y empiezo a separarme de ella. Despacio. Como si el hombre que tengo delante fuera un animal salvaje y no pudiera asustarlo moviéndome demasiado rá