—Estás preciosa —dijo Emily cuando la doncella terminó de acicalar el cabello de Dorelia. Maud había moldeado con las tenacillas calientes unos suaves tirabuzones que enmarcaban su rostro, después de sujetar la brillante melena azabache en un recogido alto para resaltar su esbelto y delicado cuello—. Y aún te faltan los adornos —añadió, con la mano extendida.
Dorelia miró el exquisito tocado hecho con plumas de pavo real, prendidas a una fina diadema de seda. El característico dibujo circular i