Dorelia estaba tiritando. Había salido de Hammond Hall sin ninguna prenda de abrigo, y el interior de la desvencijada cabaña era tan oscuro como frío.
—Disculpe mis modales —dijo William, sentándose frente a ella en cuclillas—. Encenderé enseguida el fuego. Ah, también le quitaré esa sucia mordaza, así podremos tener una agradable conversación.
La leña crepitó en el silencio de la noche. Dorelia trató de oír algún sonido que pudiera servirle para averiguar dónde la había llevado William. Dent