—¡No más que tú! ¡Lárgate de aquí, no te soporto más, estúpida! —respondí con voz quebrada, mientras contestaba a sus golpes. Seguimos enredadas, golpe tras golpe, empujón tras empujón, sin tregua, hasta que el sonido del timbre del apartamento irrumpió en nuestra furia. Ambas nos detuvimos, sorprendidas, mirándonos con la respiración entrecortada y los rostros enrojecidos.
Me separé de ella y corrí hacia la puerta con el corazón palpitante. Cuando abrí y vi quién estaba al otro lado, mi cuerpo