Valentino Briston
Me serví una copa de vino y la bebí de un trago, sintiendo el calor ácido quemar mi garganta. Mi cabeza llevaba días delirando. Mi casa, que una vez fue un refugio, se estaba convirtiendo en un lugar frío y desolado. No podía recordar cuándo fue la última vez que comió algo decente, y la soledad se había convertido en una presencia extraña e inquietante.
Fui a la ventana de la mansión y abrí las cortinas con un movimiento repentino. En la penumbra, divisé una patrulla de polic