Leandro Mackenzie
Tic-tac, tic-tac. El sonido implacable del reloj resonaba en mis oídos, marcando el paso del tiempo con cruel precisión. Con cada tic, ella seguía atrapada en mis pensamientos, como una sombra persistente que no podía despejar. Habían pasado dos días desde que la había dejado en el hospital y me sentía el hombre más miserable del mundo por haberla abandonado a su suerte. No podía quitarme de encima el peso de la culpa, con la esperanza de que el sobre que había dejado en la re