Douglas Lacoste
Hacía apenas un par de días que habían capturado al imbécil de Mackenzie, y me sentía como un dios, indomable e invencible. Me dejé caer en el ancho sillón de cuero de mi oficina, uno que el propio Mackenzie había asignado; desde allí, él gestionaba cada movimiento, cada decisión, con un control absoluto de todo.
Miré hacia el enorme ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad y suspiré con satisfacción. Todo ese edificio sería mío, al igual que cada centavo desviado