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Emilia volvió al lobby del edificio y se encontró allí de nuevo a Armando.

—Mamá quiere que subas a cenar –sonrió ella acercándose. Buscó su boca para darle un beso como siempre era costumbre, y él no la rechazó.

—Ven –le dijo él tomándole la mano y saliendo con ella. Emilia lo miró un poco aprensiva. Que no me termine, deseó. Que no sea lo que Telma dijo.

Él la llevó hacia la calle y allí tomó un taxi. En Bogotá, los taxis eran reconocidos por ser carísimos, y a ella siempre le había llamado la atención que cuando él quería llevarla a algún lugar no la llevaba en buses o el Transmilenio, sino en taxis. Era un caballero, pensó.

Cuando llegaron al nuevo apartamento de él, ella sonrió. Él se había cambiado recientemente. La constructo

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