Pronto, las cuerdas de sus extremidades se desataron y su cuerpo cayó en un cálido y generoso abrazo.
—Bella, ¿estás bien?
La tranquilizadora voz de Pedro la hizo levantar la mirada.
Frente a ella, vio el rostro apuesto y severo del hombre, sus ojos negros destellando un atisbo de preocupación.
—¿Hermano Pedro? —murmuró Bella con incertidumbre.
Pedro contempló a la mujer ante él, el cabello revuelto, las mejillas encendidas y dos claras marcas en la piel.
Pero sus labios seguían siendo de un roj