Pedro miró a Anna con frialdad. —¿Qué tienes que decir?
El rostro de Anna seguía siendo tan apacible como siempre. Sin intimidarse por la actitud gélida de Pedro, se sentó tranquilamente en el sofá frente a él.
—Pedro, como te he dicho, por mí misma no tengo la capacidad de investigar los asuntos de la familia Pérez, ni la habilidad para intervenir en los negocios de la familia Fernández.
La expresión de Pedro no cambió, seguía mirando a Anna con indiferencia.
Anna esbozó una sonrisa. —Pedro, pa