Bella, quien era sostenida por la enfermera, a pesar de estar muy débil, su mirada reflejaba una determinación casi obsesiva, y sus dedos que agarraban la manga de él estaban blancos.
Pedro dudó un poco antes de soltarle la mano.
En el lago, la silla de ruedas ya se había hundido, y Anna no dejaba de patalear y gritar desesperadamente en el agua.
—¡Rápido, vayan a rescatar a la señorita García, se va a ahogar! —la enfermera gritaba angustiado, pisoteando el piso por ansiedad.
Todo había sucedido