El papeleo de alta tardó cuarenta minutos más de lo que era necesario.
Diego se sentó en el borde de la cama de hospital con la ropa que Serena le había traído —porque, por supuesto, Serena había pensado en la ropa, aparentemente había pensado en todo, había llegado esa mañana con un bolso empacado con la eficiencia silenciosa de alguien que había estado anticipando este día desde el accidente— y esperó con la paciencia comprimida de un hombre que había pasado cuatro días en una habitación sin