El viaje a casa fue silencioso de la manera en que los viajes eran silenciosos cuando ambas personas en el auto tenían cosas que no estaban diciendo.
Diego conducía con la particular facilidad enfocada que aportaba a todo lo físico: una mano en el volante, la ciudad pasando por las ventanas en su configuración nocturna, el ámbar y blanco específicos de las luces haciendo lo que hacían. Había dicho algo breve al subir al auto, algo sobre la velada, algo generoso sobre la respuesta de su padre