El coche olía a cuero y al fantasma de una lluvia que aún no había caído, y Diego no arrancó el motor.
Se sentó con ambas manos en el volante, sin girar la llave, mirando a través del parabrisas la pared de hormigón gris de la estructura de estacionamiento como si esta pudiera reorganizarse en una respuesta si la miraba el tiempo suficiente. Bianca se sat a su lado con las manos apoyadas sobre los muslos para evitar que temblaran, y durante un largo momento ninguno de los dos habló, porque la e