Llegamos a su casa y entramos. Él se sentó muy cerca de mí. Yo seguía moviéndome un poco, alejándome. Entonces me miró y sonrió.
¿Tienes miedo? —preguntó.
Puse los ojos en blanco. —¿De qué?
Se inclinó un poco más cerca y dijo:
—Si quieres tener una oportunidad, tenemos que actuar como una pareja de verdad.
Lo miré confundida. —¿Cómo dices?
—Tenemos que parecer cercanos —dijo—. Como dos personas locamente enamoradas. Eso es lo que todos esperan de nosotros. No podemos comportarnos como extraños.