Las familias no podían ser más distintas.
La mía, la que me crió y me hizo quien soy, tenía una empresa financiera, aunque nadie la llamaría “normal”. No éramos precisamente un ejemplo de ética. Nuestro negocio se basaba en prestar dinero con intereses absurdamente altos, y para muchos, no éramos más que prestamistas sin escrúpulos. Un negocio que vivía de la desesperación, aprovechándose de la gente que no tenía a quién acudir. Odiaba cómo me hacía sentir, pero era la vida en la que había naci