El candado hizo clic. La puerta chirrió al abrirse. Phillip estaba allí, respirando con fuerza, la camisa cubierta de polvo. El corazón de Faye latía con fuerza. Había venido. De verdad había venido.
Estás… aquí —susurré, con la voz temblorosa.
Phillip no sonrió. Sus ojos recorrieron la habitación oscura: la silla rota, la ventana agrietada, el suelo cubierto de polvo. El mismo cuarto donde Josey me había encerrado.
¿Estás herida? —preguntó.
Negué despacio.
Sin decir nada, Phillip dio un paso a