La palabra cayó tarde. La presión en mis sienes se volvió un murmullo que no entendía, era la misma energía del libro Renacer, esa misma sensación la cual me llamó. Ignore la voz de Casiel y el chico; salí corriendo y me acerqué a un atril bajo, cubierto de polvo, era el único libro cubierto de polvo. No había título, ni símbolos, solamente era blanco. Totalmente blanco.
—No toques nada —repitió Casiel, ahora más cerca—. ¡Lina, aléjate!
Extendí la mano haciendo caso omiso a su advertencia, cuan