Amelia
—¿Qué vino a decir esta vez ese hijo de puta? —preguntó Adele.
Estábamos sentadas frente a frente en un restaurante tranquilo cerca de mi oficina. Era mi hora de almuerzo y le había pedido que se reuniera conmigo porque necesitaba hablar con alguien antes de que me explotara la cabeza.
—Quiere que le transfiera diez millones —dije, manteniendo la voz baja.
—¿Qué demonios? —gritó Adele, con los ojos muy abiertos. Algunas personas a nuestro alrededor se giraron a mirar.
Rápidamente agitó l