18: Un tiempo de paz.
Elizabeth.
Coloco mis manos en su cien y hago lo único que se me ocurre.
—Libertad para su alma por la eternidad —eso parece funcionar, ya que empieza a reaccionar.
—Ah, ¿Qué sucedió? ¿Por qué estoy aquí? —se levanta de golpe desorientada, la imito y me acerco lentamente a ella.
—Calma, soy Elizabeth. —Eso causa que en su mirada se refleje el miedo.
—T-tú. T-tienes que irte. —Tartamudea con preocupación.
—Sabes mejor que nadie que no puedo escapar de ellos. —Suelto con molestia.
—Lo sé, l