Jennie Marković
Blanco.
No exactamente luz, más bien un vacío ingrávido. Flotaba a través de él sin cuerpo, sin dolor, sin miedo. Aquí no llegaba ningún sonido. Ni calor. Ni humo. Solo un blanco silencioso e infinito que me envolvía como algodón.
Por un momento, quise quedarme.
Entonces algo tiró de mí.
Una presión profunda en el pecho. Un tirón bajo en el abdomen. Un susurro que no era sonido, sino instinto.
Respira.
El blanco se fracturó.
El dolor regresó primero: agudo y sordo al mismo tiemp