Vuk
La ciudad se extendía debajo de mí como un tablero de ajedrez.
Desde esta altura, cada edificio, cada tramo de autopista, cada letrero de neón no era más que otra pieza para mover, manipular o defender. La oficina olía ligeramente a té negro y cuero, un aroma afilado y preciso, como todo lo que me gustaba que fuera.
Me senté detrás del enorme escritorio de obsidiana, con paredes de vidrio que me ofrecían una vista panorámica de Los Ángeles despertando. La luz del sol golpeaba el horizonte j