IVY
La puerta del dormitorio se estrella contra la pared. El sonido retumba en el silencio, pero me da igual. El pecho me sube y baja con una irritación caliente y punzante mientras me quito los tacones de un puntapié y me cruzo la habitación.
He sido obediente, me he quedado aquí encerrada durante días desde la última vez. ¿Y hoy, después de haber tenido que ir a buscarlo para avisarle, resulta que se cree el dueño de mi vida?
Suelto una carcajada burlesca.
—Christian, no puedes encerrarme en