La frágil voz de Luciana continuó: —No tienes que cargar con ninguna culpa por mí, no soy una mujer a la que debas prestarle atención.
Sus palabras estaban impregnadas de autodesprecio.
—Luciana...
—Incluso si decides romper tu promesa con tu esposa, con tu estatus, podrías encontrar a una mujer más adecuada para ti. Yo no soy la indicada. Además, en tus ojos, no soy más que una vulgar socialité, no merezco casarme contigo.
—No pienso eso, ¿puedes no malinterpretarme?— Igino se mostró evidenteme