Bajé del auto y, sin esperarlo, me fui directamente al interior tomada de la mano de Dulcita. Hernán nos siguió, aún con su sonrisa ligera.
En el pasado, él solía dejarme ir sola en estas ocasiones. Esta vez, era evidente que quería comprobar si yo estaba mintiendo.
Al llegar a la tienda, eché un vistazo a los zapatos en el mostrador. Hernán me miró con una ceja enarcada, claramente esperando a que me pusiera en ridículo.
Lo que él no esperaba era que una de las vendedoras me reconociera. —¿Seño