Tanto Hernán como Cristina reprendieron: —¡Sofía!
En ese momento, su padre intervino con impaciencia: —¡Todos a comer!
No me sorprendió en absoluto su actitud. Después de todo, consentía demasiado a Sofía; cualquier cosa que ella dijera iba a misa y él nunca le decía que no. Entonces, quedaba claro que esa frase iba dirigida a mí.
Por su parte, Dulcita se asustó y su cuchara cayó al suelo, provocando un estruendo que me recuperó los sentidos.
Reprimiendo mi rabia, me incliné para recoger su cuch