Al dejar Boreal, exhalé profundamente, liberando la tensión acumulada.
Estela, comprendiendo mi estado de ánimo, se ofreció a conducir: —Yo manejaré.
Le pasé las llaves del coche sin pensarlo y subí al vehículo. A través de la ventana, miré hacia el edificio una vez más, y no pude evitar sonreír irónicamente. Quizás su existencia para mí era como un espejismo, que podría desvanecerse en cualquier momento.
Tal vez desde el principio yo fui una presencia ridícula. Independientemente de si Aurelia