300. Promesas
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Al salir del restaurante, la tarde caía y el viento frío los envolvía con su brisa fresca y el tenue resplandor de las farolas. Julieta caminaba a su lado con aparente tranquilidad, aunque su mente aún debatía lo inevitable. Se resistía a darle una oportunidad, pero Maximiliano no era de los que se rendían fácilmente.
—No tiene sentido seguir peleando contra lo inevitable, Julieta —le dijo con su tono más persuasivo, entrelazando sus dedos con los de ella.
—Eres demasiado insistente —suspiró