Orión
La sala de reuniones aún olía a tinta y papel viejo; la pesada mesa que nos separaba estaba marcada por décadas de planificación bélica y tratados inseguros.
Me quedé de pie a la cabecera, con las manos apoyadas en la madera, animándome mientras mis generales hablaban sobre patrullas fronterizas y rutas de suministro.
Sus voces se fundían en un tono apagado, importante pero distante, porque una extraña inquietud se había instalado en mi pecho desde el amanecer.
Presentía que algo andaba mal.
Y había aprendido hace mucho a confiar en ese presentimiento.
Era el mismo instinto que me advertía antes de emboscadas y traiciones, la misma voz silenciosa que me había salvado de la muerte más veces de las que podía contar.
Y ahora, por alguna razón, el nombre de Elara seguía resonando en mi cabeza como un tambor incesante.
"Orión, tenemos que hacer algo ya", dijo uno de los ancianos, carraspeando. Propongo que traslademos a los guardias apostados en la zona oeste a...
Desafortunadamente,