Orión
La sala de reuniones aún olía a tinta y papel viejo; la pesada mesa que nos separaba estaba marcada por décadas de planificación bélica y tratados inseguros.
Me quedé de pie a la cabecera, con las manos apoyadas en la madera, animándome mientras mis generales hablaban sobre patrullas fronterizas y rutas de suministro.
Sus voces se fundían en un tono apagado, importante pero distante, porque una extraña inquietud se había instalado en mi pecho desde el amanecer.
Presentía que algo andaba m