Rodé los ojos.
—Ya basta de hablar de Jason. Ahora es tu turno. Dime qué dijeron mis padres.
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Kendra con pereza—. Todavía no he terminado de hacer preguntas.
Solté un gruñido de fastidio.
—¿Qué otras preguntas podrías tener?
Kendra ladeó la cabeza y me miró de cerca, analizándome.
—¿Jason sabe tu nombre?
Durante unos segundos, no respondí. Finalmente, me encogí de hombros y volví a rodar los ojos.
—No, no sabe mi nombre. En