Jason me agarró de los brazos y me empujó lejos de él.
La fuerza del empujón me tomó completamente desprevenida. Tropecé hacia atrás y caí con fuerza al suelo. Un jadeo colectivo de asombro recorrió a la multitud. Durante un segundo, me quedé allí sentada, mirándolo hacia arriba.
Jason me contempló con total fastidio.
—De verdad, algunas chicas ya no tienen nada de amor propio. Qué pena —dijo, con un tono que destilaba arrogancia.
La multitud volvió a jadear.
—No me g