—¡Ryder! —grité antes de darme cuenta de que estaba hablando. Mi voz se quóbró en medio del silencio del cementerio.
Todo se detuvo y todas las cabezas se giraron hacia mí.
Mi pecho subía y bajaba con demasiada rapidez mientras apuntaba temblorosa hacia el extremo más lejano de los árboles.
—Lu… ci… us —tartamudeé, apenas capaz de pronunciar el nombre.
Ryder estuvo a mi lado en un instante.
—Oye, oye, mírame —dijo con firmeza, sosteniéndome por los hombros. Su agarre era seguro, pero sus ojos e