CAPÍTULO 126

Richard permaneció de rodillas. Los guardias a su alrededor se veían incómodos, pero nadie se movió. La señora D lo miraba desde arriba, con las manos apretando los mangos de la silla de ruedas de Doris con una fuerza descomunal.

—Vine a suplicar tu perdón, Dora —dijo Richard en voz baja. Su voz sonaba ronca, casi rota—. Sé que fui un cobarde en ese entonces.

La señora D soltó una carcajada amarga.

—¿Cobarde? —repitió despacio—. ¿Esa es la palabra que eliges después de todo lo que permitiste qu
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