DAKOTA
Pearce besaba mi cuello y aspiraba mi nuca.
—El aroma de tu miedo es tan delicioso…
Mi cuerpo no paraba de temblar, salté de sus piernas cuando el sonido de su celular me salvó por un momento.
Atendió con un gruñido.
—¿Qué?
—Interpol—escuché del otro lado.
¿Interpol? ¿eso qué significaba?
Pearce no dijo nada, solo cortó la llamada, me aferró de la cintura.
—Vamos a dar un paseo, paloma— le dijo algo en otro idioma a su chofer, este dio media vuelta.
Sentí pánico.
—No… no, espera, yo me t