Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa mansión de los Carter no era una casa; era un monumento al exceso. Ubicada en la zona más exclusiva de la ciudad, con muros altos y cámaras en cada esquina, hacía que Ethan se sintiera como un intruso antes de cruzar la puerta principal.
Mientras bajaban las maletas del auto, el silencio de Ethan era absoluto. Su madre caminaba a su lado, maravillada por la arquitectura, mientras que Robert los guiaba con la confianza de quien es dueño del mundo. Liam, por supuesto, caminaba detrás de ellos, silbando una melodía despreocupada que crispaba los nervios de Ethan. —Bienvenidos a casa —dijo Robert, abriendo las puertas dobles hacia un vestíbulo de mármol frío—. Sé que la mudanza ha sido rápida, pero hemos tenido un pequeño imprevisto. Ethan se detuvo en seco. —¿Qué tipo de imprevisto? —La remodelación del ala oeste se ha retrasado —explicó Robert, señalando hacia un pasillo bloqueado por plásticos y herramientas—. El sistema de ventilación falló y los dormitorios de invitados no estarán listos hasta dentro de un par de semanas. Ethan sintió un presentimiento oscuro instalándose en su pecho. Miró a su madre, quien parecía igual de sorprendida. —¿Y dónde voy a dormir? —preguntó Ethan, tratando de mantener la calma. Robert miró a su hijo. —Liam tiene la habitación más grande de la casa. Es una suite completa. Por ahora, tendrán que compartirla. Hay espacio de sobra y, como son compañeros de equipo, supongo que no habrá problema. —¡¿Qué?! —el grito de Ethan retumbó en las paredes de mármol—. No, de ninguna manera. Puedo dormir en el sofá, o en el gimnasio, o... —No seas dramático, Ethan —lo interrumpió su madre, tomándolo del brazo con fuerza—. Es solo por unos días. Liam está siendo muy amable al ceder su espacio. No vamos a empezar con desplantes el primer día. Ethan miró a Liam. El chico ni siquiera intentaba ocultar su regocijo. Estaba apoyado contra una columna, mordiéndose el labio inferior para no soltar una carcajada frente a sus padres. —No te preocupes, papá —dijo Liam con una voz que destilaba una falsa madurez—. Yo me encargo de que Walker se sienta... como en casa. Cuando Ethan entró en la habitación de Liam, lo primero que notó fue el tamaño. Era más grande que toda su antigua casa. Lo segundo que notó fue la cama: una inmensa King Size situada en el centro, cubierta con sábanas de seda gris oscuro. —¿Dónde está la otra cama? —preguntó Ethan, dejando caer su mochila al suelo. —¿Otra cama? —Liam cerró la puerta tras de ellos con un clic que sonó definitivo—. Te dije que la remodelación afectó los muebles. Solo hay una, hermanito. Ethan se dio la vuelta, furioso. —No voy a dormir contigo. Olvídalo. —Pues el suelo es de mármol y está bastante frío —Liam caminó hacia él, invadiendo su espacio personal hasta que Ethan chocó contra el borde del colchón—. Además, ¿de qué tienes miedo? ¿De que vuelva a pasar lo del vestidor? —Eso fue un error. —Un error que no dejabas de corresponder hasta que se apagaron las luces —susurró Liam, inclinándose sobre él—. Puedes poner todas las almohadas que quieras en medio, Ethan. Pero los dos sabemos que en esta casa, las reglas las pongo yo. Y mi primera regla es que no hay barreras que yo no pueda derribar. Liam le dio un toque juguetón en la mejilla y se dirigió al baño, dejando a Ethan solo con el sonido de su propia respiración agitada y la visión de la inmensa cama que, a partir de esa noche, se convertiría en su campo de batalla. La primera noche en la mansión fue un ejercicio de supervivencia mental para Ethan. El silencio de la habitación era interrumpido únicamente por el murmullo del agua corriendo tras la puerta del baño. Ethan, con movimientos mecánicos y el rostro endurecido, comenzó su obra de ingeniería: la "Gran Muralla de Almohadas". Agarró cada cojín decorativo y almohada extra que encontró en los sofás de la suite y los apiló en el centro exacto del colchón King Size. Era una barrera ridícula, de casi medio metro de alto, que dividía el territorio en dos bandos irreconciliables. —Listo —susurró para sí mismo, acostándose en el borde extremo del lado izquierdo, pegado al borde, como si el contacto con el colchón de Liam fuera a quemarlo. En ese momento, el ruido del agua cesó. La puerta del baño se deslizó con un siseo metálico. Ethan se quedó rígido, cerrando los ojos con fuerza, pero el sonido de los pies descalzos sobre el mármol era imposible de ignorar. —¿Qué demonios es esto? —La voz de Liam sonó divertida, cargada de una confianza que hizo que Ethan abriera los ojos. Liam estaba de pie al pie de la cama. No llevaba pijama. No llevaba ni siquiera una camiseta. Solo una toalla blanca anudada a la altura de la cadera, dejando a la vista el resultado de años de hockey: hombros anchos, pectorales marcados y un abdomen que parecía tallado en el mismo mármol que el suelo. El vello fino bajaba desde su ombligo hasta perderse bajo el borde de la toalla. —Es un límite —dijo Ethan, obligándose a mirar el techo, aunque su visión periférica lo traicionaba—. Tú te quedas en tu lado, yo en el mío. Ni siquiera respires sobre mi línea. Liam soltó una carcajada baja, un sonido que vibró en el aire caliente de la habitación. —¿De verdad crees que unos cojines de plumas me van a detener? —Liam rodeó la cama. Ethan sintió el colchón hundirse bajo un peso que no era el suyo—. Eres tan predecible, Walker. Tan... disciplinado. De repente, con un movimiento rápido, Liam lanzó uno de los cojines al otro lado de la habitación. Luego otro. La muralla comenzó a desmoronarse bajo la fuerza de un solo brazo. —¡Oye! ¿Qué haces? —Ethan se sentó de golpe, pero antes de que pudiera reaccionar, Liam se abalanzó sobre él. No fue un movimiento agresivo, sino dominante. Liam atrapó las muñecas de Ethan contra el colchón, usando su peso para inmovilizarlo. La cercanía era letal: Ethan podía sentir el calor que emanaba de la piel húmeda de Liam y el aroma a jabón de sándalo que lo inundaba todo. —Dime que me odias —susurró Liam, acercando su rostro hasta que sus narices se rozaron—. Dime que no sentiste nada en el vestidor y te juro que vuelvo a armar tu estúpida muralla. Ethan intentó apartar la mirada, pero Liam lo tenía atrapado. La respiración de Ethan se volvió errática. Sus ojos bajaron, inevitablemente, a los labios de Liam, que estaban a solo milímetros de los suyos. —Te odio —logró decir Ethan, aunque su voz carecía de la fuerza habitual. —Mientes —replicó Liam con una sonrisa depredadora—. Te mueres de miedo porque sabes que en esta cama, las reglas del hielo no sirven de nada. Sin esperar respuesta, Liam acortó la distancia y capturó sus labios. No fue un beso accidental como el anterior; fue un reclamo. Intenso, posesivo y cargado de una frustración acumulada que hizo que Ethan, a pesar de sus gritos internos de protesta, terminara soltando un gemido ahogado mientras sus dedos, por instinto, se clavaban en los hombros desnudos de Liam.






