Ada hablaba sin parar ahora.
Sobre todo.
Con la claridad y la profundidad propias de una niña de tres años que había descubierto que el lenguaje era una herramienta para organizar el mundo y lo aplicaba a cualquier superficie disponible.
Nombraba las cosas.
Las cuestionaba.
Explicaba las cosas a quienes ya las conocían.
Tenía opiniones.
Muy concretas.
Sobre dónde debía estar el pájaro de madera.
En el alféizar de la ventana era lo correcto.
No en la mesa.
La mesa era para trabajar.
El alféizar