El comedor principal de la mansión Accardi estaba más brillante que nunca. Las lámparas de cristal, altas como ramas suspendidas, arrojaban su luz sobre una mesa perfectamente dispuesta: cubiertos de plata, copas alineadas, y un centro de orquídeas blancas que exhalaban un perfume suave, casi imperceptible.
Alessia Accardi observó cada detalle mientras tomaba asiento en el extremo derecho. Había aprendido desde niña a leer los gestos de su familia, a anticipar lo que venía antes de que las pala