El comedor principal de la mansión Accardi estaba más brillante que nunca. Las lámparas de cristal, altas como ramas suspendidas, arrojaban su luz sobre una mesa perfectamente dispuesta: cubiertos de plata, copas alineadas, y un centro de orquídeas blancas que exhalaban un perfume suave, casi imperceptible.
Alessia Accardi observó cada detalle mientras tomaba asiento en el extremo derecho. Había aprendido desde niña a leer los gestos de su familia, a anticipar lo que venía antes de que las palabras se pronunciaran. Esa noche, sin embargo, nada podía prepararla para el peso de lo que significaba tener sentado frente a ella a Vladimir Volkov.
Él no hablaba mucho. Solo observaba. Tenía esa mirada cortante, impenetrable, que parecía desnudar los pensamientos de quien se atreviera a sostenerle la vista. Vestía un traje negro perfectamente entallado, sin corbata, y la camisa blanca abierta en el cuello le daba un aire despreocupado y peligroso.
—Bienvenido oficialmente a la familia, señor V