41. Ya no estoy sola

El camino de regreso fue silencioso… demasiado silencioso.

Vladimir había conducido sin prisa, sin mirarla, con una mano firme en el volante y la otra apoyada cerca de ella, como si necesitara recordarle que tenía prohibido intentar escapar otra vez. Alessia mantenía las manos entrelazadas sobre su vientre mientras el auto avanzaba por la carretera oscura que los alejaba de su refugio.

La casa a la que llegaron no era la mansión Volkov ni tampoco el lugar donde él castigaba a sus enemigos. Era una propiedad distinta, sobria y elegante, oculta entre pinos, claramente preparada para su llegada. Apenas cruzaron el umbral, ella lo entendió: él había planeado todo. Un escondite para ambos. Para los tres.

Vladimir cerró la puerta con llave y dejó las llaves en la mesa. No dijo nada. No la tocó. No la presionó. Solo caminó hacia la ventana, se quitó el abrigo y respiró profundamente, como si el solo hecho de verla viva lo hubiera golpeado en el pecho.

—Puedo explicarlo —susurró Alessia.

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