41. Ya no estoy sola

El camino de regreso fue silencioso… demasiado silencioso.

Vladimir había conducido sin prisa, sin mirarla, con una mano firme en el volante y la otra apoyada cerca de ella, como si necesitara recordarle que tenía prohibido intentar escapar otra vez. Alessia mantenía las manos entrelazadas sobre su vientre mientras el auto avanzaba por la carretera oscura que los alejaba de su refugio.

La casa a la que llegaron no era la mansión Volkov ni tampoco el lugar donde él castigaba a sus enemigos. Er
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