El sol de primavera caía suave sobre el jardín de la nueva casa Volkov-Accardi, una propiedad luminosa, sin muros de seguridad, sin cámaras escondidas, sin guardias en cada esquina.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no significaba peligro.
Significaba paz.
Las mesas estaban decoradas con flores blancas y toques dorados. En el centro del jardín, dos pequeñas cunas —una azul y una rosa—albergaban a los mellizos que dormían plácidamente, ajenos a las miradas que los adoraban.
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