El sol de primavera caía suave sobre el jardín de la nueva casa Volkov-Accardi, una propiedad luminosa, sin muros de seguridad, sin cámaras escondidas, sin guardias en cada esquina.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no significaba peligro.
Significaba paz.
Las mesas estaban decoradas con flores blancas y toques dorados. En el centro del jardín, dos pequeñas cunas —una azul y una rosa—albergaban a los mellizos que dormían plácidamente, ajenos a las miradas que los adoraban.
La niña, Anastasia, tenía la nariz y los ojos azules de Vladimir y su cabello negro azabache.
El niño, Dimitri, heredó exactamente el mismo gesto fruncido que su padre tenía al dormir. Aunque tenía también los ojos azules, pero el cabello color arena de su madre y su nariz de bolita.
Eran su copia. Su marca. Su orgullo.
Alessia estaba parada junto a Skyler, arreglándose el vestido mientras observaba a sus hijos con un brillo que jamás había tenido antes.
—Nunca imaginé verte tan… tranquila