32. Mi vida es tuya, tómala
—Alessia, maldita sea, nunca había visto algo tan sexy como tú ahora mismo —espetó él, abrazándola repentinamente.
Vladimir la sostenía entre sus brazos con una fuerza que no era agresiva, pero sí desesperada. Y esa mezcla, esa urgencia contenida en sus manos grandes aferradas a su cintura, le reveló algo que había intentado ignorar durante días: él también estaba roto.
No de la misma forma que ella.
No por los mismos motivos.
Pero roto al fin.
Cuando la bajó con cuidado, sus ojos miel —esos que tantas veces la habían derretido y también herido— se quedaron clavados en los de ella con un brillo que ella no recordaba haber visto antes. No era deseo. No era rabia. Era… miedo.
—Te necesito —repitió él, como si no hubiera dicho suficiente—. No importa lo que cueste.
Durante un instante, Alessia se sintió suspendida en el aire, entre lo que habían sido y lo que quizá nunca volverían a ser.
Era extraño: su amor por él seguía ahí, latiendo como un animal herido en el interior de su pec