16. Te pertenezco y tú a mí
La puerta del dormitorio permaneció cerrada desde que Alessia subió después del pleito en el spa. La mansión estaba en silencio, apenas iluminada por las luces cálidas del pasillo.
Vladimir se detuvo frente a la habitación, apoyó la mano en la madera y exhaló. Había pasado toda la tarde pensando en ella, pero no se atrevió a interrumpirla. Sabía que estaba furiosa, y honestamente, se lo había ganado.
Tocó con los nudillos una sola vez.
—Alessia… —su voz sonó más tensa de lo que quiso.
Silencio