El fin de semana no podía llegar lo suficientemente rápido. Las cinco parecen estar a días de distancia cuando me siento de nuevo en mi escritorio a las dos menos veinte. Sólo tres horas más, me digo a mí mismo mientras vuelvo a encender el ordenador y me conecto a mi cuenta, intentando calmarme después de lo que acaba de ocurrir.
Las tres cuartas partes de las puertas del despacho del abogado están cerradas cuando doblo la esquina de su pasillo. El segundero está a unos pocos tics del seis mie