El día siguiente tampoco era muy prometedor, y tampoco lo era cada vez que pasaba por mi mesa, haciendo como si yo no existiera. Y de nuevo. No estoy seguro de cuántos cafés he tomado hoy, pero cuando la puerta de la sala de descanso se cierra tras de mí, doy un salto. Al girarme para ver quién es, una inclinación cómplice de sus labios me da el aviso.
—Te he pillado —me dice, con el orgullo pegado a cada sílaba—. Por cierto, quizá no estarías tan nervioso ni necesitarías tanto el baño si n