Ariella
Por un segundo, él no se movió. Solo se quedó allí de pie, mirando todavía hacia afuera, como si ya pudiera ver la siguiente batalla formándose más allá de los muros de la casa.
Luego se dio la vuelta y sus ojos se suavizaron en el momento en que se posaron en mí.
—¿Ya terminaste? —preguntó.
Asentí.
—Sí.
Hubo un silencio entre nosotros, no incómodo, no tenso, solo... cuidadoso. Como si ambos supiéramos que los momentos de tranquilidad eran temporales.
—Leon está abajo —le dije—. N