El calor recorrió mi cuello y mi pecho. Mi lengua se sentía pesada. No sabía qué decir. Ni siquiera podía pensar.
—Yo… —logré decir, con la voz quebrándose—… yo…
Él soltó una risa baja y burlona.
—¿Perdiste la voz, conejita? —dijo, acercándose. Podía sentir el calor de su aliento, su aroma… pino, acero y algo que no podía nombrar… rozando mi mejilla.
Apreté los puños, luchando por respirar, por mantener la compostura. Entonces pasó junto a mí y se apoyó contra la pared frente a mí, sus ojos osc