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Al principio no se movió.

Sentía su mirada como un roce… lento, intenso, que me recorría por completo. Se me erizaba la piel, sentía un calor intenso en la parte baja del vientre y mi respiración se volvía superficial sin que yo lo permitiera.

Cuando finalmente me atreví a alzar la vista, sus ojos eran oscuros. Hambrientos. Despojados de toda restricción.

Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.

“Qué trasero tan bonito tienes, conejita”, dijo con voz baja y ronca, como si le raspara el p
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